La política, sin amor, no es política

Precisamente porque la República me importa tanto, entiendo que sería un gravísimo error político apartar a la mujer del derecho del voto. (…) Yo soy Diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. (…) No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven… Que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt, de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos, es caminar dentro de ella.

Era el 1 de octubre de 1931, y Clara Campoamor Rodríguez habló en las Las Cortes de España. Habló de nosotras, las mujeres, de nuestra fortaleza y capacidad, de nuestra necesidad de cambio. Habló de nuestra identidad y de nuestros deseos; habló de obligaciones, de derechos y de revolución. En definitiva, Clara Campoamor habló de sufragio femenino. Habló, sin duda que lo hizo, y muchos debieron escucharla – muchos, Margarita Nelken y Victoria Kent – por qué ese día el artículo 36 del proyecto de la Comisión de Constitución quedó aprobado por 161 votos contra 121:

Artículo 36. Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes.

Un día antes, en esos mismos debates, en esas mismas Cortes Constituyentes de la Segunda República española, Roberto Novoa Santos pronunciaba las siguientes palabras:

¿Por qué hemos de conceder a la mujer los mismos títulos y los mismos derechos políticos que al hombre? ¿Son por ventura ecuación? ¿Son organismos igualmente capacitados? (…) La mujer es toda pasión, toda figura de emoción, es todo sensibilidad; no es, en cambio, reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación. (…) ¿En qué despeñadero nos hubiéramos metido si en un momento próximo hubiéramos concedido el voto a la mujer?

Novoa, catedrático de patología de la Universidad de Madrid, tenía otra visión muy distinta que ofrecer. “El histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer” afirmó, insistiendo de nuevo en la idea de que la mujer es voluble, es emoción, y por ello no está capacitada para tomar decisiones de índole política. Por suerte, 121 votos son menos que 161, y sus falacias fueron en vano. Clara Campoamor había ganado una batalla, y junto con ella la sensatez. Aunque quizás debamos preguntarnos qué guerra se estaba librando.

¿Cuál fue en realidad el argumento vencedor? ¿Está la mujer libre de emoción? ¿Debe estar la mujer libre de emoción? ¿Es acaso la emoción un obstáculo para la reflexión? ¿Son los sentimientos incapacitantes e incompatibles con la política?

Por supuesto, Roberto Novoa estaba equivocado: no es la sensibilidad lo que incapacita a la mujer, sino la negación de la emoción lo que ciega al hombre. Clara Campoamor, en cambio, apeló al cariño, a la esperanza, al deseo y a la solidaridad como compañeras indispensables de la razón. Esta es la gran verdad implícita de su discurso, que la política sin emoción no es política y sin embargo – será por ironías crueles del destino – ésta sigue siendo una verdad oculta que muchas y grandes mujeres luchan por desvelar.

Han pasado ochenta y seis años, y seguimos sin entender por qué no puede hacerse política sin amor, sin aceptar que el amor es político. Por suerte, se ha iniciado una “revolución emocional” desde la psicología y la neurología a raíz de la atribución de importancia a los factores emocionales, que muy lejos de entorpecer la razón, la estimulan y humanizan. Montserrat Moreno y Genoveva Sastre, profesoras eméritas de la Facultad de Psicología de la Universidad de Barcelona, nos abren una puerta a la versión no oficial del amor como producto sociopolítico, en la que el feminismo y la psicología juegan un papel fundamental. Nos muestran el vínculo entre la política y la vida cotidiana, entre las relaciones románticas y los cambios sociales, partiendo de la siguiente premisa: la cooperación, como base de la evolución (y no como su fruto) está en la base del conjunto de sentimientos a los que llamamos amor.

La sensibilidad es imprescindible para la política, así como su análisis psicológico y feminista. Preguntémonos, por ejemplo, como la creencia en el amor romántico es una herramienta de los sistemas políticos patriarcales. Al sistema le conviene gobernar a una población enamorada, con fe ciega en un único modelo de relación basado en el amor eterno y la familia tradicional; los hombres asumen el rol de cabeza de familia y ejercen el control sobre sus mujeres e hijos, de forma que el estado sólo debe preocuparse de controlar a estos hombres. Resulta eficiente y eficaz, hasta que la gente comienza a cuestionarse las supuestas maravillas del amor romántico, es decir, hasta que se plantean nuevas formas de amor reales y sanas. Es entonces cuando se produce el cambio: las mujeres buscan la autonomía, surgen otras formas de organización social y aparecen nuevos modelos familiares, además de cambios ideológicos y sociales, avances científicos y el nacimiento de una conciencia social global, y es que el amor – como complejo de sentimientos socialmente constituido y políticamente reglado – es dinámico y es un motor de cambio social.

Llegados a este punto, no podemos negar que el amor, junto a un grupo de sentimientos positivos (apoyo, solidaridad, afecto, etc.), constituyen el origen de numerosas formas de estructura social: civilizaciones, culturas, pueblos, países,… Y familias. Sin embargo, ese conjunto de sentimientos está relegado a la intimidad.

Seyla Benhabib combina la teoría crítica y la teoría feminista y rompe la barrera existente entre el ámbito público y el ámbito privado, caracterizados por éticas diferentes que obedecen a su vez a posiciones morales distintas. Propone una ética interactiva, caracterizada por complementar la ética de la justicia con la ética del cuidado, es decir, integrar los valores privados a los públicos. En una sociedad regida también por la ética del cuidado, se contemplarían unas normas universales para todas las personas sin olvidar las circunstancias particulares, las dificultades y los problemas personales. La justicia, el respeto por la diferencia, la cooperación y el amor, en su conjunto, son la respuesta al caos ético en el que está sumida nuestra sociedad.

Emoción y razón ya no son eternos enemigos, atrás quedó esa dicotomía, aunque sigue arraigada en el saber popular. Trabajar la emoción, el amor y la ética del cuidado es una tarea pendiente en política; la incorporación de la mujer en el ámbito público ha contribuido enormemente a este proceso, y la óptica feminista nos permite comprender el porqué de este progreso y por ende, potenciarlo y participar activamente en él.

En el ámbito de la psicología debemos adoptar un papel activo en este proceso de cambio y trabajar todos aquellos aspectos emocionales que, como hemos visto, consolidan el uso de la razón.

Hoy damos las gracias a la primera mujer que habló en Las Cortes, por no renunciar a la sensibilidad, al amor y a la emoción. Seguimos librando esta batalla, y cada año que pasa, las palabras de Clara Campoamor cobran más fuerza y sentido.

 

Es imprescindible repetirlo: la política, sin amor, no es política.

 

Aina García Palmer, Comisión de Perspectiva de Género del Colectivo de Estudiantes de Psicología

 

Bibliografía:

1º Clara Campoamor Rodríguez, política y defensora de los derechos de la mujer española. Se refiere a sí misma como “diputado”.

2º Sastre, M. Moreno Marimon, Amor y política, Ed. Icaria, 2015

Amor_y_politica

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