Mujer, Salud y Sexualidad

La salud reproductiva es “La capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos, la capacidad de reproducirse, y la libertad para decidir hacerlo o no, cuando y con qué frecuencia” (Declaración de Beijing, 1996). La sexualidad es una de las más humanas expresiones de comunicación y de encuentro con uno/a mismo/a y, con el/la otro/a (Arnau Ripollés, 2004); todas las personas tenemos sexualidad, puesto que la sexualidad es una dimensión humana. Entonces, el bienestar asociado a un estado óptimo de salud debe incorporarse en todos los ámbitos, incluido el plano sexual.

 

¿Desarrollan las mujeres su sexualidad de forma plena?

La sexualidad de la mujer está envuelta de ideología, mitos, prohibiciones y secretos; no depende solamente de la actividad del aparato genital, sino que es el producto de un desarrollo psicobiológico que se construye a lo largo de la historia individual altamente definida por el entorno social. La autora Franca Basaglia señala que el cuerpo femenino ha sido considerado como “cuerpo para otros”, es decir, para la procreación y para satisfacer al hombre; Basaglia propone, incluso, la interpretación cultural de la penetración como un acto de apropiación o expropiación. El control se ejerce sobre el cuerpo femenino no solo con prohibiciones, sino con una falsa liberación sexual que promueve la hipersexualización, la exageración de las dotes femeninas de seducción, despojando a la mujer de su propia sexualidad. Entendemos entonces que “lo social” incide en “lo sexual”, que los factores culturales ligados al género dan lugar a diferencias en la salud injustas; las relaciones de poder asimétricas entre hombres y mujeres se trasladan al ámbito sexual, poniendo en desventaja a las mujeres y, en consecuencia, disminuyendo su salud y su bienestar.

Se impone una visión androcéntrica, falocéntrica y homogénea de las prácticas sexuales, que se regularizan, así como los deseos. Impera una única forma de experimentar la erótica, anulando las formas femeninas de placer.

 

Hay un gran desconocimiento en cuanto a la sexualidad femenina se refiere, ¿Conocemos las bases anatómicas y fisiológicas del deseo y placer sexual?

Ha sido difícil encontrar justificaciones teóricas que contribuyan a la desmitificación de los tópicos falocentristas. En 1966 William H. Masters y Virginia E. Johnson publican el libro Human Sexual Response, donde se ponía en tela de juicio el concepto de orgasmo vaginal y se celebraba el descubrimiento del clítoris como productor del orgasmo femenino. Cuarenta años más tarde se presenta por primera vez una reproducción a tamaño real del clítoris, un prototipo impreso en 3D por la investigadora Odile Fillod para colaborar con la educación sexual de los jóvenes; ha sido diseñado a partir de la escasa y heterogénea literatura científica disponible. ¿No resulta anacrónico que la primera reproducción fiel del órgano sexual femenino se elabore en 2016 cuando hace décadas que se conoce la composición de una célula? ¿Cuál es la causa de que presente tantas dificultades por parte de la comunidad científica identificar un órgano de entre 8 y 10 centímetros de longitud? La primera anatomía exacta del clítoris fue definida en 1998 por la uróloga australiana Helen O’Connell, es decir, hace apenas veinte años que se desechó la creencia de que el clítoris es un órgano del tamaño de un botón.

Definitivamente, la cronología de estos acontecimientos evidencian la escasa atención que la comunidad científica ha prestado al órgano sexual femenino, debido a que la atención médica se ha puesto sobre los órganos sexuales femeninos como “aparato reproductor”. El placer masculino, en cambio, ha sido el punto de mira de muchos estudios científicos, tanto en el aspecto reproductivo como sexual. Lo mismo sucede con aquellas patologías relacionadas con el placer y la sexualidad masculina, dado que las dificultades de la mujer, en cuanto a su disfrute sexual pleno, se normalizan. La ausencia de bases fisiológicas del placer femenino supone una barrera casi infranqueable para el desarrollo sexual de las mujeres.

 

El espacio sexual de las mujeres ha sido y es escarpado. ¿Cómo afecta esta realidad a las mujeres con diversidad funcional? A las dificultades comunes – aquellas que experimentan las mujeres por es simple hecho de serlo – se suman las dificultades añadidas; hablamos de la doble discriminación que sufren las mujeres con discapacidad, razón de más para merecer especial atención en la sexología y en la educación sexual.

Los estereotipos sociales entorno a la discapacidad, especialmente en el caso de las mujeres, reducen la sexualidad hasta convertirla en invisible. La condición sexual de las personas con diversidad funcional se construye sobre una serie de “mitos sexuales” que afianzan una cultura de violencia, que incluye la violencia contra las mujeres (Arnau Ripollés, 2005); al sentimiento de culpabilidad por disponer de un cuerpo “defectuoso” y “desagradable” (percepción de la propia imagen) se añade el hecho de que estas personas sean interpretadas como “asexuadas”, anulando una realidad compuesta de sexualidades diferentes, rechazando aquellas que no se corresponden con el pensamiento heteronormativo.

En el caso de las personas con discapacidades físicas (refiriéndonos especialmente a las lesiones medulares) surge un nuevo problema: la afectación del funcionamiento de los órganos sexuales. Esta situación se ve agravada, además de por los impedimentos físicos, por la visión coitocentrista de la sexualidad, lo que aparentemente limitaría muchísimo las prácticas sexuales – razón de más para ampliar nuestra visión de la sexualidad–. El desconocimiento, como se ha mencionado anteriormente, de las bases fisiológicas del placer femenino es la causa de que haya tan pocas alternativas en cuanto a la mejora de la sensibilidad genital en mujeres con lesiones medulares se refiere, en comparación con los hombres (las alternativas son mucho más numerosas y variadas, además de tener en cuenta más aspectos de la fisiología de los genitales masculinos).

La discriminación que sufren las mujeres con diversidad funcionales es una evidencia más de la necesidad de tratar todas las sexualidades por igual, ampliando el concepto integrado en la sociedad para que se adapte a todas las personas (modelos de sexualidad más inclusivos) y la diversidad se convierta en un valor.

 

La educación sexual, como derecho, es necesaria para desnaturalizar la opresión y el rol secundario de la mujer en las relaciones afectivas y encuentros sexuales. En el Estado Español la educación sexual se introduce en 1990 con la LOGSE y todavía no figura en el currículum escolar, perdiendo su obligatoriedad y pasando a depender del criterio de los centros educativos; las charlas se limitan a la prevención de enfermedades de transmisión sexual y a las prácticas heteronormativas, quedando desplazadas aquellas que no consistan en penetración vaginal. La violencia sexual en la pareja (relaciones sexuales forzadas, no deseadas) también es un tema aparentemente olvidado, así como el colectivo LGTBI. ¿A quién recurren los adolescentes cuando se trata de educación sexo afectiva? Principalmente, a la pornografía y al cine, donde aparecen conductas de riesgo y se crea una utopía sexual que, erróneamente, tomarán como modelo e incorporarán a su vida sexual.

La educación sexo afectiva desde los primeros niveles de educación no debe rechazarse, pues permite a los menores no solo desarrollar una sexualidad sana libre de sexismo, sino reconocer abusos sexuales, prevenir enfermedades venéreas o embarazos no deseados.

 

Definitivamente, es necesario abordar la sexualidad desde una perspectiva de género para garantizar la salud de las mujeres y garantizar la aceptación, conocimiento y cariño de nuestros cuerpos. La sexualidad constituye un espacio más en el que la mujer debe empoderarse y reclamar el goce sexual del que ha sido privada a lo largo de la historia.

 

Captura

-Aina García Palmer, Comisión de Perspectiva de Género.

Bibliografía

https://www.instagram.com/flavitabanana 

www.who.int/topics/sexual_health/es/

www.izquierdadiario.es

Lasheras, M. Luisa, Pires, Marisa y Rodríguez, M. Mar (2004). Género y salud. Sevilla: Instituto Andaluz de la Mujer. Unidad de Igualdad y Género. Junta de Andalucía.

Ripollés, S. A. (2014). La asistencia sexual a debate. Dilemata, (15), 7-14.

Perea, J. G. F., & Reyes, G. R. (1992). Algunas reflexiones sobre la representación social de la sexualidad femenina. Nueva antropología,12(41), 101-121.

Acosta Bustamante, L. (2006). Pornografía y feminismo: historia de un debate inacabado. Géneros extremos, extremos genéricos: la política cultural del discurso pornográfico, Cádiz: Universidad de Cádiz.
Martín, M. F., & Villameriel, T. O. (2015). Sexualidad y Mujer con Discapacidad. Aportaciones, Buenas prácticas y Guías.

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