¿Por qué lo llaman “género”  si a lo que se refieren es a “sexo”?

Treinta años después de que Rhoda Unger introdujera el concepto de “género” para diferenciarlo de “sexo” podemos observar como actualmente, seguimos confundiendo estos términos, produciendo una despolitización del significado de género, llegando a hablar de las diferencias de este en el útero o en ratas de laboratorio.

 

Si bien encontramos autoras que realizan una crítica profunda a esta dicotomía (como sería el caso de Butler o de Wallach Scott ), creemos conveniente recalcar la importancia de la distinción entre ambos. Resaltando como el uso abusivo e indiscriminado del término género, por ejemplo en estadísticas con datos desagregados (hombre-mujer), supone un efecto opuesto al deseado por Unger, es decir, la aparición de un retroceso teórico y una ruptura de los lazos que unen el feminismo con la investigación psicológica. Una falsa incorporación de la perspectiva de género en el ámbito psicológico.

 

Así pues, como apunta Crawford (1995) “ la distinción entre los términos sexo y género (…) fue un intento significativo de separar lo biológico (sexo) de lo social (género) y abrir así vías para criticar lo social. No obstante, esta distinción no se ha mantenido. Al contrario, ha degenerado en confusión, inconsistencia y discusiones terminológicos (…) En lugar de definir modos de ser y de comportarse construidos socialmente, el género se ha convertido en sexo (…) Estudios recientes sobre diferencias de sexo prácticamente idénticos a los publicados hace dos décadas son ahora llamados estudios sobre diferencias de género. Un extenso informe trata del aborto selectivo basado en el “género del feto”, un investigador psicológico se refiere al “género” de las ratas de su laberinto; en el envoltorio de un suéter aparece “género masculino”…”

 

Pero, ¿por qué no es adecuado hablar del género de las ratas o del feto?  Pues, porque el uso de “género” debe reservarse a las “referencias que se hagan a las variables explicativas de las diferencias, que nacen como producto del proceso de socialización” (Fernández, 1996 y Martínez y Bonilla,2000).

 

Del mismo modo, que tampoco es correcto utilizar el género como sinónimo de mujeres, cuando desarrollamos programas de intervención centrados en las mujeres o de feminismo, en estudios sobre la lucha contra los diferentes tipos de opresión que este hace frente.

 

No debemos, por tanto, convertir “género” en un eufemismo que engloba mujeres, relaciones con el sexo y feminismo. Mas bien, debemos abrazar este como aquello que es, envolviendo nuestra metodología en una perspectiva de género, donde se reconozca que los comportamientos “masculinos” o “femeninos” no se deben de manera esencial a cuestiones biológicas, sino que por el contrario tienen mucho a ver con una construcción sociocultural e histórica que da lugar a una serie de relaciones de poder que atraviesan todo el entramado social y se articulan con otras relaciones sociales, como las de clase, etnia, edad, preferencia sexual y religión…

 

Debemos abogar por el cese de uso de este como un comodín epistemológico ya que esta aparente confusión conceptual y terminológica, en realidad no es más que una representación de la ausencia de comprensión sobre qué implica este concepto, de la escasa conciencia y sensibilidad hacia las desigualdades de género y del mantenimiento de dicha desigualdad. Porque tal interposición es una de las principales limitadoras en la generación de políticas públicas que favorezcan la implantación de nuevas construcciones de sentido para que hombres y mujeres visualicen su “masculinidad” y su “feminidad” a través de vínculos no jerarquizados ni discriminatorios.

 

Porque  en “tiempos de igualdad” es  justo la aplicación de esta indistinción  la que provoca que, treinta años después de que Rhoda Unger introdujera el concepto de “género” para diferenciarlo de “sexo”, aún tengamos que mantener las comillas…

 

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-Naiara Gimeno González

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